Catarsis e interpretación, dulce relación. - Gilen Xabier
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Catarsis e interpretación, dulce relación.

Catarsis viene del griego “khátharsis” que significa “purificación”. Es un método de desahogo de emociones que las personas experimentan al manifestar todos los sentimientos que se encuentran reprimidos en su interior. La catarsis es la eliminación o expulsión de esos sentimientos, pensamientos y emociones que se encuentran dentro de la persona y puede realizarlo consciente o inconscientemente mediante rituales, acciones, palabras o reflejos automáticos, lo cual, produce una depuración mental, almática y hasta física.

En el mundo de la interpretación puede pasar que, a la hora de encarnar un personaje con mucha carga emocional, en un momento dado de la puesta en escena, actor y personaje queden completamente fundidos y «confundidos» el uno con el otro y el segundo desate las emociones contenidas del primero, lo cual, puede desembocar en un estado catártico de narices que haga que la interpretación brille hasta un punto inimaginable. El actor vivirá un momento que quedará grabado en su memoria para siempre. Es algo de lo más enriquecedor.

Pero cuidado con los momentos de descontrol de emociones. He llegado a oír hablar que un actor que encarnaba a Otelo a punto estuvo de estrangular a la actriz que interpretaba a Desdémona, hasta el extremo de tener que interrumpir la función. El actor declaró posteriormente no haber sido consciente de sus actos. Personaje y actor fundidos en uno solo. Bonito, ¿verdad? Pero peligroso en este caso.

He decidido escribir sobre esto porque, yo mismo, he experimentado la catarsis en mi propio cuerpo y, como ya he dicho anteriormente, grabado a fuego ha quedado. Uno de esos momentos se dio interpretando a Hamlet. Todo ocurrió en el acto en el que Hamlet se haya reprendiendo a su madre, la reina Gertrudis, y de pronto cree ver a su padre asesinado. Fue en ese momento de enajenación mental del príncipe Hamlet, en el que centra toda su atención en la visión fantasmagórica de su padre fallecido, cuando invadido por una carga emocional enorme caí de rodillas al suelo sumido en un amargo llanto. Cuando la actriz que interpretaba a Gertrudis elevó mi rostro las lágrimas caían con una sinceridad abrumadora. Ese momento catártico me sirvió para darle al personaje el peso merecido en ese preciso momento y, a la vez, para vivir algo que incluso ahora mismo, mientras escribo, me emociona. La actriz, una vez terminada la puesta en escena, me comentó que se había estremecido al verme en un estado tan real de abatimiento.

El segundo suceso fue cuando interpretaba al Minotauro en la obra del mismo nombre, “El laberinto del minotauro”. Era un montaje de teatro contemporáneo y en un momento dado recitaba un monólogo en el que, el propio personaje, mostraba un dolor y rabia exacerbados. Las emociones comenzaron a desbordarse hasta el punto en el que dejé de ser consciente de mi entorno. Dolor y rabia, eso era lo que sentía en ese preciso momento, y las palabras, el texto, eran el apoyo perfecto para que esos sentimientos brotaran y llegaran a un público que, posteriormente, me brindo su más sincero reconocimiento. Grande, muy grande fue ese momento durante tres días consecutivos que duró el espectáculo.

Con todo esto no pretendo alardear de talento, ya que el talento no fue el protagonista, sino, más bien, la extraordinaria oportunidad que la psique me brindó para que, en esas ocasiones, las emociones contenidas encontraran en esos personajes la vía perfecta de liberación.

Por mi experiencia, esa catarsis sólo se dará cuando se represente a personajes con una gran carga emocional y cuando el actor tenga emociones contenidas que pidan a gritos ser liberadas.

En mi caso, aunque mi físico pueda dar la impresión de lo contrario, soy una persona muy emotiva y, es por eso, que tengo cierta facilidad para dejar aflorar mis emociones cuando la ocasión lo requiere o la mente lo necesita.

Pero para que la catarsis se dé hay que dejar de lado el miedo y las inseguridades, las cuales, no tienen cabida encima de un escenario. Con frenos las emociones no fluyen y, como actor, considero que son muy necesarias en nuestra profesión.

Ahora me viene a la memoria un momento vivido en un casting en el que interpretaba a un hombre que se reencontraba con el gran amor de su vida, al que conoció en su infancia y de la que permaneció enamorado hasta el último día. Una de las pruebas fue una improvisación en la que a la mujer que me hacía de referente le decía cuanto la amaba y cuanto estaba dispuesto a sacrificar por estar junto a ella. Justo hacía unos meses que había tenido una ruptura muy dolorosa, la cual, había dejado una gran herida en mí, herida que aún sangraba, por lo que, tal y como fue transcurriendo la improvisación, los sentimientos se acentuaron y las emociones, nuevamente, se desbordaron. Lo que siguió a eso es más de lo ya contado. Me derrumbé y ese estado lo utilicé para darle toda la fuerza necesaria al personaje. El resultado fue que la directora me citó en una cafetería y tras decirme que todo el equipo de producción, que había estado presente en la audición, se había quedado embobado, me comentó que, si Carmelo Gómez rechazaba el papel, yo sería la opción más idónea. Carmelo Gómez aceptó y yo me quedé sin el papel, pero con el subidón de moral que necesitaba después de la crisis emocional que estaba viviendo. La directora me dijo que Carmelo estaba como primera opción, dado que, en esa época, tenía un gran peso en el mundo cinematográfico y, como ya se sabe, en este mundillo “quien no tiene padrino no se casa”. Pero sin rencores, Carmelo, jeje… Tú, te llevaste el papel y yo, me llevé el subidón.

Ansío volver a subirme al escenario para poder tener la oportunidad de vivir más momentos como aquellos. El teatro es duro pero muy gratificante. ¡Quien lo probó, lo sabe!

Si queréis compartir experiencias como estas, no dudéis en escribir. Estaré encantado de leeros.

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